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Te veré en todos los lugares familiares. En cualquier rincón de la calzada ligero y soleado. En las tres baldosas de la terraza que disfrutabas pisar descalza. En la farmacia donde compramos las aspirinas que aliviaron tus resfriados de AVE. En las madrugadas que tú dormías y en las que yo evitaba mirarte. En el maquillaje desgastado tras tus mil cigarrillos. En tus gemidos fingidos y en los auténticos. Te veré entre mis ganas de dios y tus ansias de limbo. Entre mi falsa indiferencia y tus manidos chillidos. En cualquier kilómetro entre nuestras carreteras, ahí, en mi desvío, tan poco transitado, hacia cualquier parte. Te veré escalando torpe y agotada el muro de mis lamentos, la media nariz que buscabas. Te veré en caras nuevas y en caras gastadas.

Y cuando la noche sea nueva intentaré, sin conseguirlo, dar la espalda a tus lunas.

Marcos de Leuza


Yo creía que el mar dormía dentro de una enorme caracola.
Mi abuela, con esas manos que saben acariciar nietas pero que no pudieron acariciar hijas, ponía en mi pequeña oreja curiosa, la suave caracola que cantaba como el mar.
Yo creía que el mar estaba oculto en uno de esos rincones de nácar, que parte de su inmenso cuerpo, venía en esa rosa caracola para estar conmigo.

Yo creía que los relojes sabían por qué lugar del cielo transitaba el sol, entonces daban las horas exactas, horas de jugar a dar miles de vueltas y caer sobre la hierba a esperar que el mundo se detuviera.

Yo creía que el sol dormía sobre la línea del horizonte, entonces yo corría por el interminable camino, para tocarlo antes que la noche lo tragara y me dejara a solas, en la oscuridad, donde habitaban los fantasmas de dolor.